Picando fino

La luna viene tirando anzuelos y ya piqué. Traigo los dientes afilados a cuestas, adornando cicatrices que supuran desconfianza. Me quedé ciega de llorar viendo la vaca. Hay demasiado lobo apestando a naftalina y yo que ando como caperucita apolillada. Falso cordero enmascarado seduciendo sabuesos. Y ese galgo ya percibió el miedo en mi nariz; liebre renga que se deja comer. Naturaleza muerta en carnes andantes. Traé la caña que el mar está revuelto.




.·. sábado azul .·.







Quisiera poder despegarme de los ecos de esa voz,
de cadenas que apretan el pecho y no me dejan respirar.
Quisiera entender el cliché que repito hasta el hartazgo
para poder abandonar el ridículo de mi soledad.
Es que entre el sinsentido y el sentido sin mí
se dibuja una línea cada más transparente.
Tal vez la guillotina no me mate los pensamientos,
quizás las máscaras cubren la lepra de mi inconciente:
todo eso más allá de los sentidos
todo eso que es el vórtice de lo prohibido.
Fascinación con lo intangible
entre los surcos de mis pupilas.
Tanta literatura de autoayuda
consumiéndome las carnes,
entorpeciéndome las dudas.
Otra vez un sábado azul,
- no de la realeza -
Otra vez se me destiñeron los labios.
Y hay un amarillo que pulula
entre los ríos de susurros
que se acumulan en mis oídos.
Amarillo y no verde
porque la esperanza la llevo intacta.
Nuevamente no tengo el final,
estoy en la esquina de una cortada,
estoy esperando una mañana.
Estas palabras que no me completan,
estas ideas inacabadas de mí,
esta censura de no caer en el lugar del que nunca salí.
Es como escribir pero sin el Otro,
sin el Ego siempre acechando las tempestades.
Lástima de mí que soy incapaz de (no) sentir.
Eso y dejar de buscar excusas para quedarme.
¿En dónde?
Acá, al costado de todo sólo por Cobarde.

Uno más uno


¿Ahí?
No, ahí.

¿Dónde?
Ahí, entre medio de estas dos.

Ah, ¿Así?
Sí, así me gusta. ¿Y a vos?

No.
No seas aburrido.

No puedo ser payaso todo el tiempo.
No, pero podés serlo ahora.

¿Por qué?
Ya pasaste esa edad.

El día que haya terminado me vas a estar llevando flores.
O no. Por ahí estoy al lado.

Yo soy como los gatos, muero de curiosidad.
Sería divertido un payaso disfrazado de gato.

Más divertido sería un gato disfrazado de payaso.
Cierto. Dale, te toca a vos.

Bueno.
¿Ahí?

Sí.
Me la hiciste fácil. ¡Así no vale!

Hoy tengo ganas de perder. Así te gano

Nota al pie

Todo este día fue una gran nota mental
que se dibujaba y desdibujaba como en un caleidoscopio.
(1)



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(1) A veces pienso que nos conocemos desde hace tiempo. Una longevidad que nunca acaba de estrenarse, un perpetuo comienzo. Y otras veces me parecés una eternidad esquiva, una sábana blanca infinita e inmaculada. Un eco de otra cosa, perfumes de otros. Y me quedé pensando en “descender”, que es “bajar”, que es Morelli, que es Cortázar, que es el cíclope, que sos vos. Y creo que ahí está la clave para entender todo esto que (no) nos pasa: para mí es demasiado “descender” y para vos es todo “bajar”. Igual, vos eras el cíclope. Ahora ya no. El cíclope como una verdad perfecta y acabada, circular, que se retroalimenta –mi vieja el otro día hablaba de eso y buscaba en internet sobre esas cosas que son autorreferenciales, como un eterno viaje a sí mismo para explicarse continuamente. Era una sola palabra, el poder de síntesis. Pero a mí se me olvidó–. ¿Será que siempre los nombres cambian las realidades? ¿Será que ayer eras cíclope y hoy sólo espuma? Puedo nombrarte de muchas maneras, lo que no puedo es no nombrarte. Esa obstinación de aferrarme a un recuerdo para evitar una realidad que ya se hizo hueso, ni siquiera carne. Ni siquiera carne.

Y ahora entiendo que no puedo negarme, separarme, diluirme sin perderte. Aunque pensándolo bien primero debería haberte tenido. ¿Debería? ¿Es un deber incumplido el no haberte tenido? Deber de obedecer a la Razón y dejar de pintar Rayuela(s). Deber de que no debería haber caído en la tentación de desear tenerte, siquiera.

Todo esto es porque viajo en colectivo y las notas mentales son traicioneras y te asaltan desprevenida, justo cuando ves por la ventana cómo esa chica de la plaza se atreve a decirle que no al pibe que la acompaña. Justo cuando pasando por el cementerio te das cuenta que todos estamos un poco muertos y lo ridículo de llevar flores a una tumba. Y de repente la certeza de saber que ya no puedo pensarte. No debo. Y al final le soy desobediente a mi propia certeza porque caigo en lo inevitable de recordarte.

Carta abierta a la Conciencia


...A vos que existís o no, pero te estoy dando entidad. A vos que estás tripartita, escindida entre las escaramuzas de lo que soy, lo que debería ser y el Ser que anhelo. O que tal vez sólo estés, voluminosa y maleable, perdida en mi mente --si acaso podemos ubicarla en mi cabeza--.
...Señora de mis voluntades y pensamientos, a vos te escribo: para condenarte a continuar tu existencia eternamente en mis palabras. Para culparte de mis impulsos más atroces por dominarte. Para agradecerte el reparo al criticarme y el descuido de haberme engendrado.
...Actriz de mis irresponsabilidad y de mis genialidades de madrugada --que mágicamente olvidaré en la mañana--.
...A vos, torturadora gota de agua helada: te reprocho haber erosionado mi memoria obligándome a repetir mis errores... Malicia que disfrutás cuando me ves ahí, siendo margarita para tantos chanchos.
...Dama guardiana de mis desvelos, palabra atrevida que se escapa a destiempo, refugio frágilmente construido... ¡Gracias!
Conciencia enajenada, conciencia de clase, inconciencia desmedida (como si acaso pueda Ser sin vos)
...Entre resentimientos, sinsabores, gloria apretada entre los dientes, mordisqueada y deglutida... Parada con mi escarbadiente me defiendo de tus arrebatos de inspiración, acompañada de los muertos de miedo que se perdieron en tu umbral.



Obligadamente tuya,

Yo. (O al menos uno de Ellos)








De la piel y otros yuyos

....Entre aquel paladar agourmetado, exquisito de otras lenguas más fértiles, se retorcía con las ganas a flor de piel. Y ya se quedaba sin fuerzas, extenuada de tanta fantasía incomprensible, cuando él arremetió prudente con el temor del que se hizo responsable. Batalla irreconciliable de la semiótica de esos cuerpos, que comparecían como testigos de discursos prehistóricos que los habitaban. Luchaban por un poder tan estúpido como necesario, una contienda circular por la posesión de las armas: un rato cada uno, llegando al límite de los sabores. Iban apasibles desnudándose los tormentos, acompasándose los placeres, trasmutándose los deseos. "Yo quisiera..." dijo, pero de quereres se le habían poblado los ojos. Cuencas secas, regaladas a los antojos de las manos de aquél. Y, sin embargo, era la danza destinada a complacerlos. Un plural tan heterogéneo como unido. En la comunión desigual, igual, simultánea de sus latidos estaba la magia; "llenémoslo todo de silencios parlanchines" le replicó él. Giró y retomó el camino, hacia ese lugar que es principio y final.



......................................Ella floreció adormecida entre los abrazos contenidos, entre los suspiros furtivos, entre los sustantivos perdidos. Él se deshizo entre las mieles de una boca adoctrinada, entre los susurros y adioses repetidos, entre las ganas de sueños cumplidos.

· Lapsus ·

Otra vez pensaba en dejar de pensar. La tele reproducía imágenes sin brillo. El ruido no sólo interfería con sus pensamientos: el aire se llenaba de vibraciones imperceptibles e idénticas. Los instantes mutaban en años que se desprendían de la conciencia. Se acordó -en un lapsus de intimidad- de esos ojos oscuros, del resplandor de sus cinco sentidos en la piel de aquél que no podía nombrar. Después bendijo la lluvia que golpeaba en la ventana y la hacía entrar y salir de imágenes color sepia, a veces blanco y negro, y sólo excepcionalmente technicolor (sobre todo cuando aparecía frente a ella la inmensidad de su sonrisa). ¿Cuántos meses podían caber en 30 días? Tal vez la respuesta fuese: sólo un día. Ahora el sábado le parecía un momento remoto y en el medio un tramo de hojas secas y tardes de otoño. La sucesión de colores en su cabeza se violentaba al ritmo que la lluvia se volvía tormenta. ¿Acaso se podía resucitar en cada suspiro después de morir abrazando recuerdos? ¿Cuántos insomnios hacen falta para desaparecer las ganas? Un bostezo le trajo esperanza y disolvió el resto en un mate demasiado frío. Tal vez la irrealidad de conciliar el sueño podía dejar de ser una utopía. O tal vez todavía faltaran más cigarrillos y canciones.



Entonces volvían los ojos que miraban detrás de las máscaras,
las manos que desnudaban sus mentiras:

pasados latentes que tampoco podían dormir.
Pitó una vez más dejándose elevar por el humo,
se acomodó en la silla
y se resignó a que la noche estuviera de ojos abiertos.